LA EPISTOLA DE MELCHOR OCAMPO.
El único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo, que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Que este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Que los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aun más de lo que es cada uno para sí.
Que el hombre, cuyas dotes sexuales son principalmente el
valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer protección, alimento y dirección,
tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y
con la magnanimidad y benevolencia generosa, que el fuerte debe al débil,
esencialmente cuando este débil se entrega a él y cuando por la sociedad se le
ha confiado.
Que la mujer, cuyas principales dotes sexuales son la
abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura, debe dar y
dará al marido, obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo
siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y
con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y
dura de sí mismo, el uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia,
fidelidad, confianza y ternura, y ambos procurarán que lo que el uno se
esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la unión. Que
ambos deben prudenciar y atenuar sus faltas. Que nunca se dirán injurias,
porque las injurias entre los casados deshonran al que las vierte y prueban su
falta de tino o de cordura en la elección: ni mucho menos se maltratarán de
obra, porque es villano y cobarde abusar de la fuerza.
Que ambos deben prepararse con el estudio y con la
amistosa y mutua corrección de sus defectos, a la suprema magistratura de
padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus hijos encuentren en
ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de modelo. Que la doctrina
que inspire a estos tiernos y amados lazos de su afecto, hará su suerte
próspera o adversa; y la felicidad o desventura de los hijos será la recompensa
o el castigo, la ventura o desdicha de los padres. Que la sociedad bendice,
considera y alaba a los buenos padres por el gran bien que le hacen dándole
buenos y cumplidos ciudadanos y, la misma, censura y desprecia debidamente a
los que por abandono, por mal entendido cariño, o por su mal ejemplo corrompen
el depósito sagrado que la naturaleza les confió, concediéndoles tales hijos.
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